octubre 26, 2013

San Evaristo, Papa y Mártir

San Evaristo, Papa y Mártir
Octubre 26

5 -San Evaristo: Grecia; 97-105.
Griego. Elegido en el 105. Dado que los cristianos aumentaban dividió la ciudad en parroquias. Instituyó las primeras siete diaconías que confió a los sacerdotes más ancianos y que dio origen al actual Colegio Cardenalicio.
Martirologio Romano: En Roma, san Evaristo, Papa y Mártir, que en el imperio de Adriano, hermoseó la Iglesia de Dios con la púrpura de su sangre.

Fue San Evaristo griego de nacimiento, pero originario de Judea, como hijo de un judío llamado Judas, natural de Belén, que fijó su residencia en la Grecia, y educó a su hijo en la doctrina y pricipios de su religión. Nació por los años 60, con tan bellas disposiciones para la virtud y para las letras, que su padre dedicó el mayor cuidado a cultivarlas, dando al niño maestros hábiles que le instruyesen tanto en éstas como en aquella. Era Evaristo de excelente ingenio, de costumbres inocentes y puras; por lo que hizo grandes progresos en breve tiempo. No se sabe cuándo ni dónde tuvo la dicha de convertirse a la fe de Jesucristo, como ni tampoco con qué ocasión vino a Roma; sólo se sabe que era del clero de aquella Iglesia, madre y maestra de todas las demás, centro de la fe y de la religión.

Evaristo, con su celo y santidad, generalmente reconocida y celebrada en toda Roma, sostenía la virtud de todos los fieles; pues siendo todavía un mero presbítero, encendía el fervor y la devoción en los corazones de todos con sus instrucciones, con su caridad y con sus ejemplos. Era tan universal la estimación y veneración con que todos le miraban, que habiendo sido coronado con el martirio el Santo Pontífice Anacleto, sucesor de San Clemente, sólo vacó la silla apostólica el tiempo preciso para que se juntase el clero romano, que sin deliberar un sólo momento, a una voz colocó en ella a San Evaristo.

No hubo en toda la Iglesia quien desaprobase esta elección, sino el mismo Santo. Por su profunda humildad, por el bajo concepto que tenía formado de sí mismo, por la gran estimación que hacía de la ciencia, de la virtud y del mérito de todos los demás que componían el clero, dudó mucho que aquella elección fuese dirigida por el Espíritu Santo: resistióla, representó su indignidad; pero su misma resistencia acreditó más visiblemente lo mucho que la merecía.

A pesar de su humildad, le fue forzoso rendirse y ceder a la voluntad de Dios, manifestada por la voz del pueblo y por los unánimes votos de toda la clerecía. Fue consagrado el día 27 de julio del año 99 del Señor.

Luego que el nuevo Papa se vió colocado en la silla de San Pedro, aplicó todo su desvelo a remediar las necesidades de la Santa Iglesia en quel calamitoso tiempo, perseguida en todas partes por los gentiles, y cruelmente despedazada por los herejes. Los Simoniacos, o los Simonianos, los discípulos de Menandro, los Nicolaítas, los Gnósticos, los Cainianos, los discípulos de Saturnino y de Basílides, los de Carpócrates, los Valentinianos, los Helceseitas y algunos otros herejes, animados por el espíritu de las tinieblas, hacían todos sus esfuerzos y se valían de todos sus artificios para derramar en todas partes el veneno de sus errores, singularmente entre los fieles de Roma; persuadidos a que una vez inficionada la cabeza del mundo cristiano, luego se dilataría a todo el cuerpo la ponzoña del error, haciendo el mayor estrago. Pero como Jesucristo tiene empeñada su palabra de que las puertas del infierno jamás prevalecerían contra su Iglesia, para detener esta inundación de iniquidad, y para disipar esta multitud de enemigos, había dispuesto su amorosa providencia que ocupase San Evaristo la cátedra de la verdad.


Con efecto, el Santo Pontífice aplicó con tanto desvelo a cuidar del campo que el Señor le había confiado, que el hombre nunca pudo lograr sembrar en él la zizaña. Todos los fieles de Roma conservaron siempre la pureza de la fe; y aunque la mayor parte de los heresiarcas concurrió a aquella capital para pervertirla, el celo, las instrucciones y la solicitud pastoral del Santo Papa fueron preservativos tan eficaces, que el veneno del error jamás pudo ganar el corazón de un solo fiel.

Pero esta pastoral solicitud del vigilante Pontífice no se limitó precisamente a preservar a los fieles de doctrinas inficionadas; adelantóse también a perfeccionar la disciplina eclesiástica por medio de prudentísimas reglas y decretos, que fueron de grande utilidad a toda la Iglesia. Distribuyó los títulos de Roma entre ciertos presbíteros particulares para que cuidasen de ellos. No eran entonces estos títulos Iglesias públicas, sino como unos oratorios privados dentro de casas particulares donde se congregaban los cristianos para oír la Palabra de Dios, para asistir a la celebración de los divinos misterios, y para ser participantes de ellos.

Llamábanse títulos, porque sobre sus puertas se grababan unas cruces para distinguirlos de los lugares profanos; así como los sitios públicos se distinguían por las estatuas de los Emperadores, a las cuales se les daba el mismo nombre de títulos.

Los presbíteros nombrados para la dirección de aquellos oratorios eran propiamente los párrocos de Roma, que en tiempo de Optato eran en número de cuarenta. Ordenó también, que cuando predicase el obispo le asistiesen siete diáconos para honrar más la Palabra de Dios, y por respeto a la dignidad episcopal en el principal ministro de ella. Asimismo mandó, que conforme a la tradición apostólica se celebrasen públicamente los matrimonios, y que los desposados recibiesen en público la bendición de la Iglesia.

Atribúyense a San Evaristo dos epístolas, una a los fieles de África, y otra a los de Egipto. Esta es sobre la reforma de las costumbres; y en aquella se condena que un obispo pase de un obispado a otro puramente por ambición o por interés, declarándose que no son lícitas semejantes traslaciones sin una evidente necesidad, y sin que se haga canónicamente la misma traslación. Ocupado total y únicamente San Evaristo en dar todo el lleno a las obligaciones de buen pastor, no descargaba enteramente el cuidado de repartir el pan de la Divina Palabra en los santos presbíteros que había nombrado para cada parroquia; él mismo le distribuía cotidianamente a su pueblo, y aún muchas veces al día.

Extendíase su infatigable celo a los niños y hasta los esclavos, debiéndose a esta menuda solicitud, a ésta caridad universal, eficaz y laboriosa la conservación de todo su rebaño en la pureza de la fe, a pesar de los artificios y de los lazos que armaban tantos heresiarcas.

Aunque el emperador Trajano fue en realidad uno de los mejores príncipes que conoció el gentilismo, tanto por su dulzura como por su moderación, no por eso fueron mejor tratados en su tiempo los que profesaban la religión cristiana. Antes bien no cedió ni en tormentos ni crueldades a las demás persecuciones la que padeció la Iglesia en tiempo de este emperador. Hacía gloria Trajano, de ser más religioso que los otros príncipes, y de mantener las leyes del Imperio romano en todo su vigor. Es verdad que no publicó edicto nuevo contra nuestra Religión, según se lee en San Melitón y en Tertuliano; pero tenía mortal aversión a los cristianos, porque no los conocía, sino por los horrorosos retratos que le hacían así sus cortesanos idólatras, como los sacerdotes de los ídolos; y bastaba esta aversión para excitar contra ellos a los pueblos y a los magistrados.

De este mismo principio nacían aquellos tumultos populares en el circo, en los anfiteatros, en los juegos públicos, en los cuales, sin que precediece por parte de los fieles el más mínimo motivo, la muchedumbre levantaba el grito, pidiendo alborotadamente su muerte y la extirpación de su secta. A estos amotinamientos populares se atribuye la persecución de la Iglesia en el Imperio de Trajano. Esta persecución se señala en la crónica de Eusebio hacia el año 108 de Jesucristo, el onceavo de dicho emperador, y duró hasta la muerte de este príncipe, que sucedió el año 117, a los diez y nueve de su reinado.

No podía estar a cubierto de esta violenta tempestad el Santo Pontífice Evaristo, siendo tan sobresaliente la eficacia de su celo, y tan celebrada en toda la Iglesia la santidad de su vida. El desvelo con que atendía a las necesidades del rebaño hizo odioso a los enemigos del cristianismo al Santo Pastor, sin que en su avanzada edad entibiase su apostólico ardor, ni fuese motivo para moderar sus excursiones y sus gloriosas fatigas. Siendo tan visibles y tan notorias las bendiciones que derramaba Dios sobre su celo, de necesidad habían de meter mucho ruido, o a lo menos era imposible que del todo se ocultasen a los enemigos de la Religión.

Crecía palpablemente el número de los fieles, y regada la Viña del Señor con la sangre de los Mártires, se ostentaba más lozana, más florida y más fecunda. Conocieron los paganos que esta fecundidad era efecto de los sudores y del celo del Santo Pontífice, por lo que resolvieron deshacerse de él, persuadidos de que el medio más eficaz para que se dispersase el rebaño, era acabar con el pastor. Le echaron mano, y le metieron en la cárcel. Mostró tanto gozo de que le juzgaran digno de derramar su sangre y de dar su vida por amor a Jesucristo, que quedaron atónitos los magistrados, no acertando a comprender cómo cabía tanto valor y tanta constancia en un pobre viejo, agobiado con el peso de los años.

En fin, fue condenado a muerte como cabeza de los cristianos; y aunque se ignora el género de suplicio con que acabó la vida, es indudable que recibió la corona del martirio el día 26 de octubre del año del Señor de 107, honrándole desde entonces hasta el día de hoy como a mártir de la Universal Iglesia.
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octubre 22, 2013

San Juan Pablo II, Papa

San Juan Pablo II, Papa 
Abril 2 - Octubre 22

264 -Juan Pablo II (Karol Wojtyla): Wadowice, Polonia; Octubre 16 (22), 1978 - Abril 2, 2005
Carol Wojtyla (pron. Voititua). Nació en Wodiwice (Polonia). Elegido Papa el día 16 de Octubre de 1978, es el primer Papa no italiano en 455 años (desde Adriano VI).

Legado: Proyecto a la iglesia al nuevo milenio, es el papa que más ha viajado, el que más santos canonizó y beatificó y el tercero con el pontificado más largo de la historia.
Teólogo, escritor y poeta. Promulga la edición típica de la Neo-Volgata de la Biblia. Juan Pablo II se encuentra con el Patriarca Ortodoxo Demetrio I. Invitado a hablar en la ONU (2.10.79). Peregrino ecuménico, es el primer Papa en haber visitado casi todos los estados del Mundo. Durante una audiencia en la plaza San Pedro en Roma fue gravemente herido en un atentado con arma de fuego (13.5.81). El Papa reconoce que su recuperación fue por intercesión de la Virgen de Fátima. Una de las balas había atravesado su cuerpo por el vientre.

Promulgó el nuevo Derecho Canónico. Declara abierto el segundo Año Santo Extraordinario de la redención (25.3.83-22.4.84). El 18.2.84 suscribe la Revisión del concordato (11.02.29) entre la Santa Sede e Italia. En signo de reconciliación, en la Sinagoga de Roma, abraza al Rabino de la Comunidad Hebrea (13.4.86). En Asís ruega por la paz junto a los exponentes de las Mayores religiones del Mundo (27.10.86). Presencia el Parlamento Europeo (11.10.88). Ha creado nuevos cardenales y emanado los Sínodos de los Obispos.

Recibió en el Vaticano al Presidente del Soviet Supremo del URSS, Gorbciov (1.12.89) quien ha reconocido el papel trascendental del Santo Padre en los dramáticos cambios ocurridos en Europa del Este. Con el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, sus numerosas encíclicas y enseñanzas ha fundamentado y orientado la verdadera interpretación del Concilio Vaticano II.  Guió a la Iglesia en el Gran Jubileo del año 2000.
San Juan Pablo II, Papa

Karol Wojtyla nace el 18 de mayo de 1920, en Wadowice, a unos pocos kilómetros de Cracovia, una importante ciudad y centro industrial al norte de Polonia.

Su padre, un hombre profundamente religioso, era militar de profesión. Enviudó cuando Karol contaba apenas con nueve años. De él -según su propio testimonio- recibió la mejor formación: «Bastaba su ejemplo para inculcar disciplina y sentido del deber. Era una persona excepcional».
De joven el interés de Karol se dirigió hacia el estudio de los clásicos, griegos y latinos. Con el tiempo fue creciendo en él un singular amor a la filología: a principios de 1938 se traslada junto con su padre a Cracovia para matricularse en la universidad Jaghellonica y cursar allí estudios de filología polaca.

Sin embargo, con la ocupación de Polonia por parte de las tropas de Hitler, hecho acontecido el 1 de septiembre de 1939, sus planes de estudiar filología se verían definitivamente truncados.
En esta difícil situación, y con el fin de evitar la deportación a Alemania, Karol busca un trabajo. Es contratado como obrero en una cantera de piedra, vinculada a una fábrica química, de nombre Solvay.
También en aquella difícil época Karol se iniciaba en el "teatro de la palabra viva", una forma muy sencilla de hacer teatro: la actuación consistía esencialmente en la recitación de un texto poético. Las representaciones se realizaban en la clandestinidad, en un círculo muy íntimo, por el riesgo de verse sometidos a graves sanciones por parte de los nazis.

Otra importante ocupación de Karol por aquella época era la ayuda eficaz que prestaba a las familias judías para que pudiesen escapar de la persecución decretada por el régimen nacionalsocialista. Poniendo en riesgo su propia vida, salvaría la vida de muchos judíos.

A principios de 1941 muere su padre. Karol contaba por entonces con 21 años de edad. Este doloroso acontecimiento marcará un hito importante en el camino de su propia vocación: «después de la muerte de mi padre -dirá el Santo Padre en diálogo con André Frossard-, poco a poco fui tomando conciencia de mi verdadero camino. Yo trabajaba en la fábrica y, en la medida en que lo permitía el terror de la ocupación, cultivaba mi afición a las letras y al arte dramático. Mi vocación sacerdotal tomó cuerpo en medio de todo esto, como un hecho interior de una transparencia indiscutible y absoluta. Al año siguiente, en otoño, sabía ya que había sido llamado. Veía claramente qué era lo que debía abandonar y el objetivo que debía alcanzar "sin una mirada atrás". Sería sacerdote».

Habiendo escuchado e identificado con claridad el llamado del Señor, Karol emprende el camino de su preparación para el sacerdocio, ingresando al seminario clandestino de Cracovia, en 1942. Dadas las siempre difíciles circunstancias, el hecho de su ingreso al seminario -que se había establecido clandestinamente en la residencia del Arzobispo Metropolitano, futuro Cardenal Adam Stepan Sapieha- debía quedar en la más absoluta reserva, por lo que no dejó de trabajar como obrero en Solvay. Años de intensa formación transcurrieron en la clandestinidad hasta el 18 de enero de 1945, cuando los alemanes abandonaron la ciudad ante la llegada de la "armada roja".

El 1 de noviembre de 1946, fiesta de Todos los Santos, llegó el día anhelado: por la imposición de manos de su Obispo, Karol participaba desde entonces -y para siempre- del sacerdocio del Señor. De inmediato el padre Wojtyla fue enviado a Roma para continuar en el Angelicum sus estudios teológicos.

Dos años más tarde, culminados excelentemente los estudios previstos, vuelve a su tierra natal: «Regresaba de Roma a Cracovia -dice el Santo Padre en Don y Misterio- con el sentido de la universalidad de la misión sacerdotal, que sería magistralmente expresado por el Concilio Vaticano II, sobre todo en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium. No sólo el obispo, sino también cada sacerdote debe vivir la solicitud por toda la Iglesia y sentirse, de algún modo, responsible de ella».

Como Vicario fue destinado a la parroquia de Niegowic, donde además de cumplir con las obligaciones pastorales propias de la parroquia, asumió la enseñanza del curso de religión en cinco escuelas elementales.
Pasado un año fue trasladado a la parroquia de San Florián. Entre sus nuevas labores pastorales le tocó hacerse cargo de la pastoral universitaria de Cracovia. Semanalmente iba disertando -para la juventud universitaria- sobre temas básicos que tocaban los problemas fundamentales sobre la existencia de Dios y la espiritualidad del ser humano, temas que eran necesarios profundizar junto con la juventud en el contexto del ateísmo militante, impuesto por el régimen comunista de turno en el gobierno de Polonia.

Dos años después, en 1951, el nuevo Arzobispo de Cracovia, mons. Eugeniusz Baziak, quiso orientar la labor del padre Wojtyla más hacia la investigación y la docencia. No sin un gran sacrificio de su parte, el padre Karol hubo de reducir notablemente su trabajo pastoral para dedicarse a la enseñanza de Ética y Teología Moral en la Universidad Católica de Lublín. A él se le encomendó la cátedra de Ética. Su labor docente la ejerció posteriormente también en la Facultad de Teología de la Universidad Estatal de Cracovia.

Nombrado Obispo por el Papa Pío XII, fue consagrado el 23 de setiembre de 1958. Fue entonces destinado como Obispo auxiliar a la diócesis de Cracovia, quedando a cargo de la misma en 1964. Dos años después, la diócesis de Cracovia sería elevada al rango de Arquidiócesis por el Papa Pablo VI.

Su labor pastoral como Obispo estuvo marcada por su preocupación y cuidado para con las vocaciones sacerdotales. En este sentido, su infatigable labor apostólica y su intenso testimonio sacerdotal dieron lugar a una abundante respuesta de muchos jóvenes que descubrieron su llamado al sacerdocio y tuvieron el coraje de seguirlo.
Asimismo, ya desde entonces destacaba entre sus grandes preocupaciones la integración de los laicos en las tareas pastorales.

Mons. Wojtyla tendrá una activa participación en el Concilio Vaticano II. Además de sus intervenciones, que fueron numerosas, fue elegido para formar parte de tres comisiones: Sacramentos y Culto Divino, Clero y Educación Católica. Asimismo formó parte del comité de redacción que tuvo a su cargo la elaboración de la Constitución pastoral Gaudium et spes.
Es creado Cardenal por el Papa Pablo VI en 1967, un año clave para la Iglesia peregrina en tierras polacas. Fue entonces que la Sede Apostólica puso en marcha su conocida Ostpolitik, dando inicio a un importante "deshielo" a nivel de las frías relaciones entre la Iglesia y el Estado comunista. El flamante Cardenal Wojtyla asumiría un importante papel en este diálogo, y sin duda respondió a esta difícil y delicada tarea con mucho coraje y habilidad. Su postura -la postura en representación de la Iglesia- era la misma que había sido tomada también por sus ejemplares predecesores: la defensa de la dignidad y derechos de toda persona humana, así como la defensa del derecho de los fieles a profesar libremente su fe.

Su sagacidad y tenacidad le permitieron obtener también otras significativas victorias: tras largos años de esfuerzos, en contra de la persistente oposición de las autoridades, tuvo el gran gozo de inaugurar una iglesia en Nowa Huta, una "ciudad piloto" comunista. Los muros de esta iglesia, cual símbolo silente y a la vez elocuente de la victoria de la Iglesia sobre el régimen comunista, habían sido levantados con más de dos millones de piedras talladas voluntariamente por los cristianos de Cracovia.

En cuanto a la pastoral de su arquidiócesis, el continuo crecimiento de la cuidad planteaba al Cardenal muchos retos. Ello motivó a que con habitual frecuencia reuniese a su presbiterio para analizar las diversas situaciones, con el objeto de responder adecuada y eficazmente a los desafíos que se iban presentando.

En 1975 asiste al III Simposio de Obispos Europeos. Allí en el que se le confía la ponencia introductoria: «El obispo como servidor de la fe». Ese mismo año dirige los ejercicios espirituales para Su Santidad Pablo VI y para la Curia vaticana. Las pláticas que dio en aquella ocasión fueron publicadas en un libro titulado Signo de contradicción.

II. Sucesor de Pedro
Elegido pontífice el 16 de octubre de 1978, escogió los mismos nombres que había tomado su predecesor: Juan Pablo. En una hermosa y profunda reflexión, hecha pública en su primera encíclica (Redemptor hominis), dirá él mismo sobre el significado de este nombre:

«ya el día 26 de agosto de 1978, cuando él (el entonces electo Cardenal Albino Luciani) declaró al Sacro Colegio que quería llamarse Juan Pablo -un binomio de este género no tenía precedentes en la historia del Papado- divisé en ello un auspicio elocuente de la gracia para el nuevo pontificado. Dado que aquel pontificado duró apenas 33 días, me toca a mí no sólo continuarlo sino también, en cierto modo, asumirlo desde su mismo punto de partida. Esto precisamente quedó corroborado por mi elección de aquellos dos nombres. Con esta elección, siguiendo el ejemplo de mi venerado Predecesor, deseo al igual que él expresar mi amor por la singular herencia dejada a la Iglesia por los Pontífices Juan XXIII y Pablo VI y al mismo tiempo mi personal disponibilidad a desarrollarla con la ayuda de Dios. A través de estos dos nombres y dos pontificados conecto con toda la tradición de esta Sede Apostólica, con todos los Predecesores del siglo XX y de los siglos anteriores, enlazando sucesivamente, a lo largo de las distintas épocas hasta las más remotas, con la línea de la misión y del ministerio que confiere a la Sede de Pedro un puesto absolutamente singular en la Iglesia. Juan XXIII y Pablo VI constituyen una etapa, a la que deseo referirme directamente como a umbral, a partir del cual quiero, en cierto modo en unión con Juan Pablo I, proseguir hacia el futuro, dejándome guiar por la confianza ilimitada y por la obediencia al Espíritu que Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia (...). Con plena confianza en el Espíritu de Verdad entro pues en la rica herencia de los recientes pontificados. Esta herencia está vigorosamente enraizada en la conciencia de la Iglesia de un modo totalmente nuevo, jamás conocido anteriormente, gracias al Concilio Vaticano II».

"No tengáis miedo"
Fueron éstas las primeras palabras que S.S. Juan Pablo II lanzó al mundo entero desde la Plaza de San Pedro, en aquella memorable homilía celebrada con ocasión de la inauguración oficial de su pontificado, el 22 de octubre de 1978. Y son ciertamente estas mismas palabras las que ha hecho resonar una y otra vez en los corazones de innumerables hombres y mujeres de nuestro tiempo, alentándonos -sin caer en pesimismos ni ingenuidades- a no tener miedo "a la verdad de nosotros mismos", miedo "del hombre ni de lo que él ha creado": «¡no tengáis miedo de vosotros mismos!». Desde el inicio de su pontificado ha sido ésta su firme exhortación a confiar en el hombre, desde la humilde aceptación de su contingencia y también de su ser pecador, pero dirigiendo desde allí la mirada al único horizonte de esperanza que es el Señor Jesús, vencedor del mal y del pecado, autor de una nueva creación, de una humanidad reconciliada por su muerte y resurrección. Su llamado es, por eso mismo, un llamado a no tener miedo a abrir de par en par las puertas al Redentor, tanto de los propios corazones como también de las diversas culturas y sociedades humanas.

Este llamado que ha dirigido a todos los hombres de este tiempo, es a la vez una enorme exigencia que él mismo se ha impuesto amorosamente. En efecto, «el Papa -dice él de sí mismo-, que comenzó Su pontificado con las palabras "!No tengáis miedo!", procura ser plenamente file a tal exhortación, y está siempre dispuesto a servir al hombre, a las naciones, y a la humanidad entera en el espíritu de esta verdad evangélica».

Desde "un país lejano"
«Me han llamado de una tierra distante, distante pero siempre cercana en la comunión de la Fe y Tradición cristianas». Fueron estas, al inicio de su pontificado, las palabras del primer Papa no italiano desde Adriano VI (1522).

Juan Pablo II nació en Polonia, una extraordinaria nación que por su fidelidad a la fe, puesta en el crisol de la prueba muchas veces, llegó a ser considerada como un "baluarte de la cristiandad", de allí el "Semper fidelis" con que orgullosamente califican los católicos polacos a su patria. La personalidad de S.S. Juan Pablo II está sellada por la identidad y cultura propias de su Polonia natal: una nación con raíces profundamente católicas, cuya unidad e identidad, más que en sus límites territoriales, se encuentra en su historia común, en su lengua y en la fe católica.
Su origen, al mismo tiempo, lo une a los pueblos eslavos, evangelizados have once siglos por los santos hermanos Cirilo y Metodio. Será casualmente «recordando la inestimable contribución dada por ellos a la obra del anuncio del Evangelio en aquellos pueblos y, al mismo tiempo, a la causa de la reconciliación, de la convivencia amistosa, del desarrollo humano y del respeto a la dignidad intrínseca de cada nación», que su S.S. Juan Pablo II proclamó a los santos Cirilo y Metodio copatronos de Europa, junto a San Benito. A ellos, dicho sea de paso, está dedicada su hermosa encíclica Slavorum apostoli, en la que have explícita esta gratitud: «se siente particularmente obligado a ello el primer Papa llamado a la sede de Pedro desde Polonia y, por lo tanto, de entre las naciones eslavas».

Una nación probada en su fe
El nuevo Papa era un hombre que había podido conocer «desde dentro, los dos sistemas totalitarios que han marcado trágicamente nuestro siglo: el nazismo de una parte, con los horrores de la guerra y de los campos de concentración, y el comunismo, de otra, con su régimen de opresión y de terror». A lo largo de aquellos años de prueba, la personalidad de Karol fue forjada en el crisol del dolor y del sufrimiento, sin perder jamás la esperanza, nutrida en la fe. Esta experiencia vivida en su juventud nos permite comprender su gran «sensibilidad por la dignidad de toda persona humana y por el respeto de sus derechos, empezando por el derecho a la vida». Su encíclica Evangelium vitae es la expresión magisterial más firme y acabada de esta profunda sensibilidad humana y pastoral.
Gracias a aquellas dramáticas experiencias que vivió en aquellos tiempos terribles «es fácil entender también mi preocupación por la familia y por la juventud». Esta preocupación, por su parte, ha hallado su más amplia expresión magisterial en la encíclica Familiaris consortio.

Improntas del pontificado de Juan Pablo II


La vida cristiana y la Trinidad: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo
El Papa Juan Pablo II ha querido hacer evidente desde el inicio de su pontificado la relación existente -aunque quizá tantas veces olvidada o relegada- de la vida de la Iglesia (y de cada uno de sus hijos) con la Trinidad, dedicando sus primeras encíclicas a profundizar en cada una de las tres personas de la Trinidad: una a Dios Padre, rico en misericordia (1980); otra al Hijo, Redentor del mundo (1979); y otra al Espíritu Santo, Señor y dador de vida (1986). Este es el misterio central de la fe cristiana: Dios es uno solo, pero a la vez tres Personas. Recuerda así las bases de la verdadera fe, y con ello el fundamento de la auténtica vida de la Iglesia y de cada uno de sus hijos: en efecto, no se entiende la vida del cristiano si no es en relación con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Comunión de Amor.

"Totus Tuus"... un Papa sellado por el amor a la Madre
Totus Tuus, o Todo tuyo (con evidente referencia a María), fue el lema ele-gido por Su Santidad Juan Pablo II al asumir el timón de la barca de Pedro. De este modo se consagraba a Ella, se acogía a su tierno cuidado e intercesión, invitándola a sellar con su amorosa presencia maternal la entera trayectoria de su pontificado. Con ocasión de la Eucaristía celebrada el 18 de octubre de 1998, a los veinte años de su elección y a los 40 años de haber sido nombrado obispo, reiterará en la Plaza de San Pedro ese "Totus Tuus" ante el mundo católico.

En otra ocasión había dicho él mismo con respecto a esta frase: «Totus Tuus. Esta fórmula no tiene solamente un carácter piadoso, no es una simple expresión de devoción: es algo más. La orientación hacia una devoción tal se afirmó en mí en el período en que, durante la Segunda Guerra Mundial, trabajaba de obrero en una fábrica. En un primer momento me había parecido que debía alejarme un poco de la devoción mariana de la infancia, en beneficio de un cristianismo cristocéntrico. Gracias a san Luis Grignon de Montfort comprendí que la verdadera devoción a la Madre de Dios es, sin embargo, cristocéntrica, más aún, que está profundamente radicada en el Misterio trinitario de Dios, y en los misterios de la Encarnación y la Redención. Así pues, redescubrí con conocimiento de causa la nueva piedad mariana, y esta forma madura de devoción a la Madre de Dios me ha seguido a través de los años: sus frutos son la Redemptoris Mater y la Mulieris dignitatem».

Otro signo de su amor filial a Santa María es su escudo pontificio: sobre un fondo azul, una cruz amarilla, y bajo el madero horizontal derecho, una "M", también amarilla, representando a la Madre que estaba "al pie de la cruz", donde -a decir de San Pablo- en Cristo estaba Dios reconciliando el mundo consigo. En su sorprendente sencillez, su escudo es, pues, una clara expresión de la importancia que el Santo Padre le reconoce a Santa María como eminente cooperadora en la obra de la reconciliación realizada por su Hijo.

Su escudo se alza ante todos como una perenne y silente profesión de un amor tierno y filial hacia la Madre del Señor Jesús, y a la vez, es una constante invitación a todos los hijos de la Iglesia para que reconozcamos su papel de cooperadora en la obra de la reconciliación, así como su dinámica función maternal para con cada uno de nosotros. En efecto, «entregándose filialmente a María, el cristiano, como el apóstol Juan, "acoge entre sus cosas propias" a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su "yo" humano y cristiano: "La acogió en su casa". Así el cristiano, trata de entrar en el radio de acción de aquella "caridad materna", con la que la Madre del Redentor "cuida de los hermanos de su Hijo", "a cuya generación y educación coopera" según la medida del don, propia de cada uno por la virtud del Espíritu de Cristo. Así se manifiesta también aquella maternidad según el espíritu, que ha llegado a ser la función de María a los pies de la Cruz y en el cenáculo».

La profundización de la teología y de la devoción mariana -en fiel continuidad con la ininterrumpida tradición católica- es una impronta muy especial de la persona y pontificado del Santo Padre.

Hombre del perdón; apóstol de la reconciliación
Quizá muchos jóvenes desconocen el atentado que el Santo Padre sufrió aquel ya lejano 13 de mayo de 1981, a manos de un joven turco, de nombre Alí Agca. Entonces, guardándolo milagrosamente de la muerte, se manifestó la Providencia divina que le concedía a su elegido una invalorable ocasión para experimentar en sí mismo el dolor y sufrimiento humano -físico, sicológico y también espiritual- para poder mejor asociarse a la cruz del Señor Jesús y solidarizarse más aún con tantos hermanos dolientes. Fruto de esta experiencia vivida con un profundo horizonte sobrenatural será su hermosa Carta Apostólica Salvifici doloris.

Aquel hecho fue también una magnífica oportunidad para mostrar al mundo entero que él, fiel discípulo del Maestro, es un hombre que no sólo llama a vivir el perdón y la reconciliación, sino que él mismo lo vive: una vez recuperado, en un gesto auténticamente cristiano y de enorme grandeza de espíritu, el Santo Padre se acercó a su agresor -recluido en la cárcel- para ofrecerle el perdón y constituirse él mismo en un testimonio vivo de que el amor cristiano es más grande que el odio, de que la reconciliación -aunque exigente- puede ser vivida, y de que éste es el único camino capaz de convertir los corazones humanos y de traerles la paz tan anhelada.

Servidor de la comunión y de la reconciliación
El deseo de invitar a todos los hombres a vivir un proceso de reconciliación con Dios, con los hermanos humanos, consigo mismos y con la entera obra de la creación ha dado pie a numerosas exhortaciones en este sentido. Ocupa un singular lugar su Exhortación Apostólica Post-Sinodal Reconciliatio et paenitentiae -sobre la reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia hoy (se nutre de la reflexión conjunta que hicieron los obispos del mundo reunidos en Roma el año 1982 para la VI Asamblea General del Sínodo de Obispos)-, y tiene un peso singularmente importante la declaración que hiciera en el Congreso Eucarístico de Téramo, el 30 de junio de 1985: «Poniéndome a la escucha del grito del hombre y viendo cómo manifiesta en las circunstancias de la vida una nostalgia de unidad con Dios, consigo mismo y con el prójimo, he pensado, por gracia e inspiración del Señor, proponer con fuerza ese don original de la Iglesia que es la reconciliación».

La preocupación social de S.S. Juan Pablo II
La encíclica Centessimus annus, que conmemora el centésimo año desde el inicio formal del Magisterio Social Pontificio con la publicación de encíclica Rerum novarum de S.S. León XIII, se ha constituido en el último gran aporte de S.S. Juan Pablo II en lo que toca a dicho Magisterio. En ella escribía: «... deseo ante todo satisfacer la deuda de gratitud que la Iglesia entera ha contraído con el gran Papa (León XIII) y con su "inmortal Documento". Es también mi deseo mostrar cómo la rica savia, que sube desde aquella raíz, no se ha agotado con el paso de los años, sino que, por el contrario, se ha hecho más fecunda».

Indudablemente enriquecido por su propia experiencia como obrero, y en su particular cercanía con sus compañeros de labores, la gran preocupación social del actual Pontífice ya había encontrado otras dos ocasiones para manifestarse al mundo entero en lo que toca al magisterio: la encíclica Laborem exercens, sobre el trabajo humano, y la encíclica Sollicitudo rei socialis, sobre los problemas actuales del desarrollo de los hombres y de los pueblos.

La nueva evangelización: tarea principal de la Iglesia
Desde el inicio de su pontificado el Papa Juan Pablo II ha estado empeñado en llamar y comprometer a todos los hijos de la Iglesia en la tarea de una nueva evangelización: «nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión».

Pero, como recuerda el Santo Padre, «si a partir de la Evangelii nuntiandi se repite la expresión nueva evangelización, eso es solamente en el sentido de los nuevos retos que el mundo contemporáneo plantea a la misión de la Iglesia» ... «Hay que estudiar a fondo -dice el Santo Padre- en qué consiste esta Nueva Evangelización, ver su alcance, su contenido doctrinal e implicaciones pastorales; determinar los "métodos" más apropiados para los tiempos en que vivimos; buscar una "expresión" que la acerque más a la vida y a las necesidades de los hombres de hoy, sin que por ello pierda nada de su autenticidad y fidelidad a la doctrina de Jesús y a la tradición de la Iglesia».

En esta tarea el Papa Juan Pablo II tiene una profunda conciencia de la necesidad urgente del apostolado de los laicos en la Iglesia, preocupación que se refleja claramente en su Encíclica Christifideles laici y en el impulso que ha venido dando al desarrollo de los diversos Movimientos eclesiales. Por eso mismo, en la tarea de la nueva evangelización «la Iglesia trata de tomar una conciencia más viva de la presencia del Espíritu que actúa en ella (...) Uno de los dones del Espíritu a nuestro tiempo es, ciertamente, el florecimiento de los movimientos eclesiales, que desde el inicio de mi pontificado he señalado y sigo señalando como motivo de esperanza para la Iglesia y para los hombres».

Pero S.S. Juan Pablo II no entiende la nueva evangelización simplemente como una "misión hacia afuera": la misión hacia adentro (es decir, la reconciliación vivida en el ámbito interno de la misma Iglesia) ha sido también destacada por el Santo Padre como una urgente necesidad y tarea, pues ella es un signo de credibilidad para el mundo entero. Desde esta perspectiva hay que comprender también el fuerte empeño ecuménico alentado por el Santo Padre, muy en la línea del rumbo marcado por los pontífices precedentes y por los Padres conciliares.

"Que todos sean uno"
El Santo Padre, como Cristo el Señor hace dos mil años, sigue elevando también hoy al Padre esta ferviente súplica: «¡Que todos sean uno (Ut unum sint)… para que el mundo crea!». Como incansable artesano de la reconciliación, el actual Sucesor de Pedro ha venido trabajado desde el inicio de su pontificado por lograr la unidad y reconciliación de todos los cristianos entre sí, sin que ello signifique de ningún modo claudicar a la Verdad: «El diálogo -dijo Su Santidad a los Obispos austriacos, en 1998-, a diferencia de una conversa-ción superficial, tiene como objetivo el descubrimiento y el reconocimiento co-mún de la verdad. (…) La fe viva, transmitida por la Iglesia universal, representa el fundamento del diálogo para todas las partes. Quien abandona esta base común elimina de todo diálo-go en la Iglesia la posibilidad de conver-tirse en diálogo de salvación. (…) nadie puede desempeñar since-ramente un papel en un proceso de diá-logo si no está dispuesto a exponerse a la verdad y a crecer en ella».

Renovado impulso a la catequesis
Como dice el Santo Padre, la Encíclica Redemptoris missio quiere ser -después de la Evangelii nuntiandi- «una nueva síntesis de la enseñanza sobre la evangelización del mundo contemporáneo».
Por otro lado, la Exhortación Apostólica Catechesi tredendae es un intento -ya desde el inicio de su pontificado- de dar un nuevo impulso a la labor pastoral de la catequesis.
El Santo Padre, desde que asumió su pontificado, ha mantenido las catequesis de los miércoles iniciadas por su predecesor Pablo VI. En ellos ha desarrollado principalmente el contenido del "Credo".

En este mismo sentido el Catecismo de la Iglesia Católica -aprobado por el Santo Padre en 1992- ha querido ser «el mejor don que la Iglesia puede hacer a sus Obispos y a todo el Pueblo de Dios», teniendo en cuenta que es un «valioso instrumento para la nueva evangelización, donde se compendia toda la doctrina que la Iglesia ha de enseñar».

El Papa peregrino
Quizá más de uno se ha preguntado sobre el sentido de los numerosos viajes apostólicos que ha realizado el Santo Padre (más de doscientos, contando sus viajes al exterior como al interior de Italia):

«En nombre de toda la Iglesia, siento imperioso el deber de repetir este grito de san Pablo («Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi si no predicara el Evangelio!»). Desde el comienzo de mi pontificado he tomado la decisión de viajar hasta los últimos confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud misionera; y precisamente el contacto directo con los pueblos que desconocen a Cristo me ha convencido aún más de la urgencia de tal actividad a la cual dedico la presente Encíclica (Redemptoris missio)».
Asimismo dirá el Papa de sus numerosas visitas a las diversas parroquias: «la experiencia adquirida en Cracovia me ha enseñado que conviene visitar personalmente a las comunidades y, ante todo, las parroquias. Éste no es un deber exclusivo, desde luego, pero yo le concedo una importancia primordial. Veinte años de experiencia me han hecho comprender que, gracias a las visitas parroquiales del obispo, cada parroquia se inscribe con más fuerza en la más vasta arquitectura de la Iglesia y, de este modo, se adhiere más íntimamente a Cristo».

S.S. Juan Pablo II y los jóvenes
Desde 1985 la Iglesia ha visto surgir las Jornadas Mundiales de los Jóvenes. Su génesis -recuerda el Santo Padre- fue el Año Jubilar de la Redención y el Año Internacional de la Juventud, convocado por la Organización de las Naciones Unidas en aquel mismo año:
«Los jóvenes fueron invitados a Roma. Y éste fue el comienzo. (...) El día de la inauguración del pontificado, el 22 de octubre de 1978, después de la conclusión de la liturgia, dije a los jóvenes en la plaza de San Pedro: "Vosotros sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. Vosotros sois mi esperanza"».


Maestro de ética y valores
También en nuestro siglo, y con sus particulares notas de gravedad, el Santo Padre ha notado con paternal preocupación como el hombre ha "cambiado la verdad por la mentira". Consecuencia de este triste "cambio" es que el hombre ha visto ofuscada su capacidad para conocer la verdad y para vivir de acuerdo a esa verdad, en orden a encontrar su felicidad en la plena realización como persona humana. La publicación de la Encíclica Veritatis splendor constituye la plasmación de un testimonio ante el mundo del esplendor de la Verdad. En ella se descubren las enseñanzas de quien fuera un notable profesor de ética, que en su calidad de Sumo Pontífice sale al encuentro del relativismo moral a que ha llegado la cultura de hoy: «Ningún hombre puede eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo hacer?, ¿cómo puedo discernir el bien del mal? La respuesta sólo es posible gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo más íntimo del espíritu humano… La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo…

Él es "el Camino, la Verdad y la Vida". Por esto la respuesta decisiva de cada interrogante del hombre, en particular de sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún, como recuerda el Concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de Jesucristo: "Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado…"». A lo largo de toda su encíclica el Santo Padre, con desarrollos magistrales, se ocupa de presentar un horizonte ético -en íntima conexión con la verdad sobre el hombre- para el pleno desarrollo de la persona humana en respuesta al designio divino.


Incansable Servidor de la fe y de la Verdad
A los veinte años de su elevación al Solio Pontificio, el Papa Juan Pablo II -como un incansable Maestro de la Verdad- ha dado a conocer al mundo entero su decimotercera encíclica: Fides et ratio, fe y razón. En ella presenta en forma positiva la búsqueda de la verdad que nace de la naturaleza profunda del ser humano. Sale al paso de múltiples errores que actualmente obstaculizan el acceso a la verdad, y más aún a la Verdad última sobre Dios y sobre el hombre que como don gratuito Dios mismo ha ofrecido a la humanidad entera a través de la revelación. La verdad, la posibilidad de conocerla, la relación entre razón y fe, entre filosofía y teología son temas que va tocando en respuesta a la situación de enorme confusión, de relativismo y subjetivismo en la que se encuentra inmersa nuestra cultura de hoy.

Trabajando por la consolidación de los frutos del Concilio Vaticano II
El Santo Padre ha sido un incansable artesano que ha trabajado, a lo largo de los ya veinte años de su fecundo pontificado, en favor de la profundización y consolidación de los abundantísimos frutos suscitados por el Espíritu Santo en el Concilio Vaticano segundo. Al respecto ha dicho él mismo: «Es indispensable este trabajo de la Iglesia orientado a la verificación y consolidación de los frutos salvíficos del Espíritu, otorgados en el Concilio. A este respecto conviene saber "discernirlos" atentamente de todo lo que contrariamente puede provenir sobre todo del "príncipe de este mundo". Este discernimiento es tanto más necesario en la realización de la obra del Concilio ya que se ha abierto ampliamente al mundo actual, como aparece claramente en las importantes Constituciones conciliares Gaudium et spes y Lumen gentium».

Con S.S. Juan Pablo II hacia el tercer milenio
El Papa Juan Pablo II, mediante su Carta apostólica Tertio millenio adveniente, ha invitado a toda la cristiandad a prepararse para lo que será una gran celebración y conmemoración: tres años han sido dedicados por deseo explícito del Sumo Pontífice a la reflexión y profundización en torno a cada una de las Personas divinas del Misterio de la Santísima Trinidad: 1997 ha sido dedicado al Hijo, 1998 al Espíritu Santo y 1999 al Padre. De este modo la Iglesia se prepara a celebrar con un gran Jubileo los dos mil años del nacimiento de Jesucristo, el Hijo eterno del Padre que -de María Virgen y por obra del Espíritu Santo- «nació del Pueblo elegido, en cumplimiento de la promesa hecha a Abraham y recordada constantemente por los profetas».

De Él, y del cristianismo, nos ha recordado en su misma Carta el Papa: «Estos (los profetas de Israel) hablaban en nombre y en lugar de Dios. (…) Los libros de la Antigua Alianza son así testigos permanentes de una atenta pedagogía divina. En Cristo esta pedagogía alcanza su meta: Él no se limita a hablar "en nombre de Dios" como los profetas, sino que es Dios mismo quien habla en su Verbo eterno hecho carne. Encontramos aquí el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones, en las que desde el principio se ha expresado la búsqueda de Dios por parte del hombre. El cristianismo comienza con la Encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo. (…) El Verbo Encarnado es, pues, el cumplimiento del anhelo presente en todas las religiones de la humanidad: este cumplimiento es obra de Dios y va más allá de toda expectativa humana».

Este acontecimiento histórico central para la humanidad entera, acontecimiento por el que Dios que se hace hombre para decir «la palabra definitiva sobre el hombre y sobre la historia», es lo que la Iglesia se prepara a celebrar con un gran Jubileo, y de este modo se prepara a trasponer el umbral del nuevo milenio. Su Santidad, el "dulce Cristo sobre la tierra", como icono visible del Buen Pastor va a la cabeza de la Iglesia que peregrina en este tiempo de profundas transformaciones, constituyéndose para todos sus hijos e hijas que con valor quieren escucharle y seguirle, en roca segura y guía firme … "¡No tengáis miedo!"… son las palabras que también hoy brotan con insistencia de los labios de Pedro, hombre de frágil figura, pero elegido y fortalecido por Dios para sostener el edificio de la Iglesia toda con una fe firme y una esperanza inconmovible.

(Lo que sigue es un artículo titulado «S.S. Juan Pablo II: "Profeta del sufrimiento"», cuyo autor es Mons. Cipriano Calderón Polo)

«S.S. Juan Pablo II, es en esta etapa final del segundo milenio, el Pastor universal del pueblo de Dios, guía segura para atravesar el "umbral de la esperanza" que nos introducirá en el tercer milenio de la evangelización...

«¿Cómo se presenta al mundo de hoy el Papa en esta encrucijada decisiva de la historia? «Su imagen característica es ahora la de profeta del sufrimiento, un sacerdote, un evangelizador que realiza en su amable persona la doctrina que él mismo ha explicado en la carta apostólica Salvifici doloris (11 de febrero de 1984) y en tantos discursos sobre el significado del dolor humano.
«Juan Pablo II, en las celebraciones litúrgicas, en las audiencias, en los viajes apostólicos, en todas sus actividades, aparece como un icono del sufrimiento, dando a la Iglesia un testimonio formidable de la fuerza evangelizadora del dolor físico y moral.

«En su persona de Vicario de Cristo se cruzan las debilidades físicas: esas "debilidades del Papa" a las que él mismo se refirió el día de Navidad de 1995 desde la ventana de su despacho; las penas y dolores cada vez más crecientes de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, de todos los pueblos, especialmente de aquellos más pobres de América Latina, África y Asia; los sufrimientos de toda la Iglesia, que naturalmente se acumulan en el vértice de la misma. Y a todo ello se une la fatiga pastoral producida por una entrega sin reservas al ministerio petrino, al que el Papa Wojtyla sigue ofreciendo generosamente todas sus energías, sin dejarse rendir por la edad o por los quebrantos de salud.

«El Santo Padre camina hacia el año 2000, al frente de la humanidad, llevando la cruz de Jesús. Así se parece más al divino Redentor.

«Él mismo lo ha hecho notar en una alocución dominical -Ángelus- pronunciada desde su habitación del hospital Gemelli: "¿Cómo me presentaré yo ahora -comentaba- a los potentes del mundo y a todo el pueblo de Dios? Me presentaré con lo que tengo y puedo ofrecer: con el sufrimiento. He comprendido -decía- que debo conducir a la Iglesia de Cristo hacia el tercer milenio, con la oración, con múltiples iniciativas (como la que actualmente está viviendo toda la Iglesia: un trienio de preparación propuesto en su carta Tertium millenium adveniente); pero he visto que esto no basta: necesito llevarla también con el sufrimiento"».

Nació al Reino de Dios, el 2 de abril de 2005, El 28 de junio del mismo año se inició su causa para la beatificación, misma que se realizó el 1 de mayo, Segundo Domingo de Pascua del año 2011, Día de la Divina Misericordia, en ceremonia presidida por S.S. Benedicto XVI.
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Fuente: Catholic.net - Autor: P. Jürgen Daum
En los 27 años de pontificado

Tercer pontificado más largo de la historia

3 libros escritos
6 sínodos de obispos realizados
6 hospitalizaciones
9 consistorios
11 constituciones apostólicas
14 encíclicas
14 exhortaciones apostólicas
28 motu proprio
52 ceremonias de canonización
77 matrimonios comunitarios celebrados
104 viajes oficiales
129 naciones visitadas
145 ceremonias de beatificación
226 primeros ministros recibidos en audiencia
232 cardenales nombrados
274 unciones de enfermos
300 confesiones
301 parroquias visitadas
321 obispos ordenados
482 santos proclamados
697 ciudades visitadas
703 entrevistas con Jefes de Estado
740 visitas a la diócesis de Roma
1060 audiencias públicas
1339 beatos proclamados
1378 bautismos administrados
1595 confirmaciones
2125 sacerdotes ordenados
2412 discursos pronunciados
1.163.865 kilómetros de viaje

El papa Francisco firmó el, jueves 4 de julio, el decreto para canonizar a los fallecidos pontífices Juan Pablo II y Juan XXIII.

Si bien aún no hay fecha concreta para la ceremonia de canonización, el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, adelentó que la ceremonia podría tener lugar "antes de finales de año".

En el caso de Juan Pablo II esta decisión se tomó luego de certificarse un segundo milagro (necesario para la canonización) a una mujer costarricense que se recuperó de un daño cerebral el pasado 1 de mayo del 2011. El primer milagro atribuido a Juan Pablo II fue la sanación de la monja francesa, Marie Simon-Pierre, que sufría del mal de Parkinson.

Por otro lado, Juan XXIII, no se ha logrado certificar un segundo milagro pero esto ha sido dispensado por el papa Francisco. En vez de eso, se le ha destacado su espíritu reformador en la Iglesia Católica al abrir el Concilio Vaticano II en 1962.

“Todos conocemos las virtudes y la personalidad del papa Roncalli, no hay necesidad de explicar los motivos de su canonización”, dijo Lombardi ante los periodistas.

Juan Pablo II estuvo al frente de la Iglesia Católica entre 1978 y 2005 y Juan XXIII entre 1958 y 1963.

Canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII, Abril 27, 2014

octubre 12, 2013

San Félix IV, Papa

San Félix IV, Papa
Septiembre 22 - Octubre 12 - Noviembre 22

54 -San Felix IV (III): Sammium; Julio 12, 526-Septiembre 22, 530.
Nació en Benevento. Elegido el 12.VII.526, murió el 22.IX.530. Arbitrariamente nombrado Papa por Teodorico demostró lealtad a la Iglesia a tal punto que el Rey ostrogodo lo repudió y lo desterró. A su muerte los cristianos tuvieron libertad de culto.
S. FELIX IV (526-530) Acaso naciera en Benevento. Seguramente lo impuso Teodorico, pero le aceptaron considerando el clima de terror que se respiraba. Teodorico murió algunas semanas después y así cesaron las persecuciones, gracias también a las buenas relaciones entre el papa y Amalasunta, regenta del nuevo rey-niño Atalarico. Félix obtuvo que el obispo de Roma fuera árbitro en las contiendas entre clérigos y laicos, por encima de los tribunales civiles. Por su parte dispuso que no se ordenaran sacerdotes los aspirantes que no dieran muestras de una fuerte y sólida vocación.

Estaba enfermo. Una de sus mayores preocupaciones fue que a su muerte la Iglesia pudiera vivir momentos de tensión o cismas por la sucesión, por lo cual se valió de un edicto de Símaco del año 529, para designar a su propio sucesor. Entregó el palio al archidiácono Bonifacio, que de hecho le sucedería.

En aquellos años, se difundió en Italia el monacato benedictino y se construyó la famosa abadía de Monte Cassino.
Félix IV, (Samnio, ¿? – † Roma, 22 de septiembre de 530). Papa de la Iglesia católica de 526 a 530.

Hijo de un tal Castorius, fue impuesto como papa por el rey ostrogodo Teodorico el Grande, quien había encarcelado y martirizado a su antecesor en el pontificado, Juan I.

Durante su pontificado condenó la doctrina del semipeliagianismo en una epístola que dirigió a Cesáreo de Arlés.

Asimismo, en 529, publicó un edicto por el que nombraba sucesor a Bonifacio II lo que provocaría a su muerte, el 22 de septiembre de 530, un breve cisma en la Iglesia al elegir la mayoría del clero a Dióscuro.

Este papa es referenciado en algunas listas como Félix III debido a que las mismas excluyen al antipapa Félix II que no obstante, en un principio, fue considerado como legítimo por la Iglesia.

Este papa es referenciado en algunas listas como Félix III debido a que las mismas excluyen al antipapa Félix II que no obstante, en un principio, fue considerado como legítimo por la Iglesia.
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octubre 11, 2013

San Juan XXIII, Papa

San Juan XXIII, Papa
Junio 3 - Octubre 11

261 -Juan XXIII (Angelo Giuseppe Roncalli): Sotto il Monte (Bergamo): Octubre 28 (Noviembre 4), 1958 - Junio 3, 1963.


Nació en Sotto il Monte (Bergamo). Elegido el 28-X-1958, murió el 3-VI-1963. Con su bula Humanae salutis proclamó el 21º Concilio Ecuménico Vaticano II. (11-X-1962).
El tema del concilio: vida litúrgica, relaciones sociales, la Iglesia y el mundo moderno. Se está trabajando para su beatificación.

Legado: proclamó el vigésimoprimer Concilio Ecuménico. Brilló por su carisma y amabilidad. Se le recuerda como el papa de la sonrisa.
Martirologio Romano: En Roma, beato Juan XXIII, papa, cuya vida y actividad estuvieron llenas de una singular humanidad y se esforzó en manifestar la caridad cristiana hacia todos, trabajando por la unión fraterna de los pueblos. Solícito por la eficacia pastoral de la Iglesia de Cristo en toda la tierra, convocó el Concilio Ecuménico Vaticano II. (1958-1963). (1881-1963).

Agnelo Giuseppe Roncalli, nació en Sotto il Monte, una pequeña localidad de Bérgamo en el seno de una familia campesina. Estudió en el seminario de Bérgamo, y después en el Seminario Romano; en 1902 interrumpió la carrera eclesiástica para hacer el servicio militar. Fue ordenado sacerdote en 1904, e Roma, ya doctorado en Teología.

Fue secretario particular de monseñor Radini Tedeschi, obispo de Bérgamo, y en este tiempo se inscribió en la congregación diocesana del Sagrado Corazón y enseñó Historia eclesiástica en el seminario de Bérgamo.


En el ejercicio de este ministerio fue injustamente denunciado por poseer una obra sospechosa de modernismo e incluída en el Índice. Muerto su obispo sirvió como capellán castrense, en los hospitales militares de Bérgamo, durante la I Guerra Mundial. Tras la guerra regresó a Bérgamo, donde fundó la Casa del Estudiante, para favorecer los estudios de los muchachos que venían del mundo rural. Fue nombrado canónigo de la catedral bergamasca. Benedicto XV confió después el cargo de presidente nacional de la Obra Pontificia de Propagación de la Fe, con el título de prelado doméstico.

En 1925 fue consagrado obispo en Roma, con el título de obispo de Aerópoli y fue nombrado Nuncio apostólico en Bulgaria, donde tuvo que dirimir asuntos bastante conflictivos.


En 1934 fue trasladado a la delegación apostólica de Estambul con el encargo de Regente de la delegación apostólica de Grecia; en ambos cargos logró un mayor conocimiento del mundo musulmán y ortodoxo y consiguió que se mejoraran las relaciones con la Iglesia católica. Fue el primero en introducir la lectura del evangelio en turco. Durante la II Guerra Mundial, desde su puesto en Turquía, fue un nexo de unión entre el Vaticano y el rabino de Palestina y una ayuda permanente para la población griega ocupada, necesitada de medicinas y alimentos. En 1944, fue Nuncio apostólico en Francia, nombrado por Pío XII, donde se revelarían todas sus cualidades humanas y espirituales y logró que casi todos los obispos acusados de colaboracionismo con el gobierno de Vichy, permanecieran en sus sedes. En 1950 realizó su primera visita a España.


Desde 1951 fue nombrado observador permanente de la Santa Sede ante la UNESCO. En 1954 fue nombrado Cardenal patriarca de Venecia, donde demostró sus altísimas cualidades como pastor; en 1954 realizó una segunda visita a España. Realizó muchos viajes a los centros de peregrinación de todo el mundo. A la muerte de Pío XII fue elegido Pontífice. Le llamaban el “papa bueno”. Fue un hombre sencillo y con un gran sentido del humor. Convocó el concilio Vaticano II en 1962, aunque no pudo verlo terminar. En 1963 fue premio Balzan de la Paz.

Fue el hombre providencial que puso a la Iglesia en pie de renovación -de “aggiornamento” palabra acuñada por él- con su palabra, con sus gestos, con su ejemplo, en menos de cinco años de pontificado. Se conocen muchas anécdotas de su vida, como la subida del sueldo a los portantes de la silla gestatoria: “Porque yo peso el doble que Pío XII...”. En una de sus primeras noches como papa, no lograba dormirse ante varios graves problemas. Y, entonces, sentándose en la cama, se dijo a sí mismo: “Vamos a ver, Juan, ¿quién dirige la Iglesia, el Espíritu Santo, o tú? El Espíritu Santo, ¿no? Pues entonces ¡duerme, Juan!”. Nombró cardenales de Filipinas, Japón y Tanzania, abriendo así a la Iglesia a un sendero más universal. Como obispo de Roma, convocó un sínodo en su ciudad.

Tuvo audiencias con los líderes religiosos de casi todas las Iglesias cristianas, como a los judíos: en 1959 suprimió en los oficios de Viernes Santo, el adjetivo “perfidis” atribuido a los judíos, dando un paso importantísimo hacia el ecumenismo. Contribuyó a la paz en los momentos difíciles de la guerra fria y su mediación entre Kennedy y Kruschev contribuyó a evitar la catástrofe de los misiles de Cuba en 1962.

Escribió grandes encíclicas: Mater et Magistra. Pacem in terris, y otras cuatro encíclicas menos conocidas. Fue amado por todo el mundo a causa de su inmensa bondad, murió en olor de santidad.
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El papa Francisco firmó el, jueves 4 de julio, el decreto para canonizar a los fallecidos pontífices Juan Pablo II y Juan XXIII.

Si bien aún no hay fecha concreta para la ceremonia de canonización, el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, adelentó que la ceremonia podría tener lugar "antes de finales de año".

En el caso de Juan Pablo II esta decisión se tomó luego de certificarse un segundo milagro (necesario para la canonización) a una mujer costarricense que se recuperó de un daño cerebral el pasado 1 de mayo del 2011. El primer milagro atribuido a Juan Pablo II fue la sanación de la monja francesa, Marie Simon-Pierre, que sufría del mal de Parkinson.

Por otro lado, Juan XXIII, no se ha logrado certificar un segundo milagro pero esto ha sido dispensado por el papa Francisco. En vez de eso, se le ha destacado su espíritu reformador en la Iglesia Católica al abrir el Concilio Vaticano II en 1962.

“Todos conocemos las virtudes y la personalidad del papa Roncalli, no hay necesidad de explicar los motivos de su canonización”, dijo Lombardi ante los periodistas.

Juan Pablo II estuvo al frente de la Iglesia Católica entre 1978 y 2005 y Juan XXIII entre 1958 y 1963.

Fue canonizado: Abril 27, 2014, por SS Francisco.